Mi vida es un cuento
El
día del fatídico accidente que me separó de ella definitivamente decidí
que nunca más pertenecería a un lugar concreto. La ruptura había sido
demasiado abrupta, demasiado inesperada, inadecuada…Como un golpe seco
que te desgarra un trozo de corazón y te despoja de tus sentimientos
más íntimos y preciados.
Al abrir la puerta del apartamento que
compartía con ella me azoto un vendaval de recuerdos que incluso me hizo
tambalear. Vi su imagen pueril y frágil recibiéndome desde la cocina
con una espontanea sonrisa. Respiré su aroma de flores silvestres, de
hierba recién cortada, hasta embriagarme. Fue en ese momento cuando me
di cuenta de que tenía que desaparecer, tenía que desligarme de este
lugar y no pertenecer a ningún otro lugar. Allí era sólo una parte más
de ella. Como ese lunar que destacaba en su mejilla o el caniche que
sacaba a pasear todas las tardes. Nadie me echaría en falta, nadie, si
quiera, se daría cuenta de mi ausencia.
Preparé una pequeña mochila
y me dirigí a la estación con rumbo a ninguna parte. Tomé el primer
tren sin saber su destino. Me acomodé en el primer vagón que encontré
vacio. Mientras el tren abandonaba la estación me sentía como la tenue
luz que desprende un fosforo mientras se apaga. La sensación era tan
real que hasta pude percibir el áspero olor a fosforo recién apagado
justo cuando el tren abandonaba el pueblo… para siempre.
Las
siguientes horas las dediqué a repasar cada uno de los momentos vividos
junto a ella. Fue una especie de homenaje, una despedida. Fue como un
rito medieval para expulsar cualquier residuo de ella. No pertenecer a
ningún lugar incluía también el corazón y el alma.
Durante meses
estuve visitando ciudades, pueblos y aldeas. Cuando me cansaba de
viajar me apeaba del tren y me instalaba en cualquier lugar hasta que
aparecían los primeros síntomas de vínculo. En ese momento recogía mis
pocas pertenencias y lo abandonaba silenciosamente. Sin despedidas, sin
explicaciones… únicamente desaparecía.
Al principio, todos los
pueblos eran parecidos y sus gentes similares, pero con el tiempo, se
fue desvaneciendo la membrana opaca que recubría mis ojos y que no me
permitía ver la parte de fantasía que lo rodea todo. Y en cada estación
que me detenía, en cada pueblo que visitaba descubría que el mundo es
mucho más de lo que vemos.
Descubrí que por las noches los arboles
del bosque despiertan y charlan sobre tiempos memorables. Conocí
criaturas mágicas, casi imperceptibles, que habitan escondidas entre los
hombres dispuestas a enseñar al que realmente quiere ver. Pasee por el
pueblo de los gatos que Hurakami relata en 1Q84. Conversé con ancianos
de más de 150 años con una fuerza abismal que brotaba de su corazón.
Y
fui descubriendo hasta llegar un día en el que no pude separar la
realidad de la fantasía. Hasta llegar un día en él que mi nombre pasó a
formar parte de una página de un libro de cuentos y mi historia se
convirtió en un relato.
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