El Payaso Piglia
“Aquí
huele a muerto”… Le comento la señora Fernández a su rechoncho esposo
al pasar frente al número 118 de la Calle Melancolía… a lo que él
respondió:
“¿Ah muerto?.. A lo único que huelo es a un delicioso
asado que, por cierto, me ha abierto el apetito… ¿A que restaurante
vamos a comer hoy mi pichoncito”?
Tres días después se
celebraba en la Iglesia de San Pedro y San Pablo el sepelio del payaso
Piglia, que fue hallado brutamente asesinado en el 118 de la Calle
Melancolía. Los policías que revisaron el cuerpo declararon que
sorprendía la brutalidad utilizada por el asesino. Sus ojos fueron
arrancados, fue decapitado y su cuerpo sin cabeza colgado por los pies.

Entre los asistentes al funeral destacaba Karina, una espectacular
rubia de metro ochenta y con busto de talla similar. Karina era la novia
del payaso Piglia. Todos en el barrio se preguntaban como un tipo así,
feo, bajito y sin un peso en el bolsillo pudo conquistar el corazón de
tal belleza. Pero pocos sabían que unos días antes del cruel homicidio
nuestro protagonista había contratado un seguro de vida por valor de un
millón de dólares y que el único beneficiario era su espectacular novia.
Karina, ante la sorpresa de todos, sobre todo la del párroco que la
observaba atónito, se dirigió al altar con paso lento, con el caminar de
la que sabe que todos la observan y admiran. Y eso a Karina, le
encantaba. Después de susurrarle algo al oído (al del cura no al del
muerto) empezó a hablar. Con tono de voz remilgado y algo fingido
empezó a relatar las bondades de su amado. Dulce, cariñoso, divertido
para acabar con el típico tópico de que siempre se van los mejores…
Regreso a su lugar sin que nadie entre los asistentes se percatara del
brillo especial en su mirada… el brillo de la codicia saciada.
Todos en la iglesia sabían que las palabras de Karina eran falsas. El
payaso Piglia destacaba más bien por todo lo contrario, era borde,
sarcástico y le gustaba humillar al resto de la gente, sobre todo sí era
del sexo contrario y estaban enamoradas de él . Su único don, una
gracia fuera de lo común para contar chistes. Cualquier boludez
expulsada por su boca resultaba graciosa, palabras que dichas por
cualquier otra persona resultaban una sandez dichas por él producían
carcajadas.
Durante una tiempo gozó de cierta fama, incluso
llego a aparecer en algún reality show. Daba juego para ello. Pero con
el tiempo llego a resultar monótono y aburrido. Sus chistes eran los
mismos de siempre y sus gracias llegaron a ser previsibles, que es lo
peor que le puede pasar a un humorista. Fue por eso que acabo actuando
los viernes por la noche en un antro de mala muerte rodeado de gente de
mal vivir. En esa época fue cuando el payaso Piglia se volvió adicto a
la cocaína y a frecuentar salones de juego clandestinos.
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